De niña crecí en una familia aparentemente «normal» y muy afortunada en algunos aspectos. Tuve la oportunidad de ir a buenas escuelas, practicar deporte, rodearme de conocimiento y cultura, vivir entre la playa y la montaña, alimentarme bien, tener amistades. Pero no me recuerdo normal, no recuerdo sentirme como imaginaba que se sentían el resto de niñas y niños con los que convivía fuera de casa.
Yo era una niña altamente sensible, sentía las hojas, el mar, la tierra, el aire, los animales, pero también las personas: sus emociones, su respirar, sus corazones y su alma. La vida de puertas para adentro era una pesadilla, la convivencia era muy violenta — en el amplio espectro que contempla el maltrato infantil hoy en día. Esa violencia sostenida tuvo un efecto directo sobre mi sistema de percepción sensorial, que se desreguló por la propia vivencia de amenaza continuada, agravado por mi sensibilidad. De mis múltiples desmayos y viajes a urgencias, los médicos solo decían que los electroencefalogramas daban señales de hipersensibilidad al mínimo estímulo. Todo bien, según ellos.
Mi día a día transcurría entre una aparente normalidad de cara al exterior y una supervivencia diaria en aquel hogar formado por adultos-niños heridos y emocionalmente carentes que eran mis padres, sin más familia, y con vecinos y amistades cercanas mirando para otro lado. Me caí y me levanté miles de veces. Me acosté agotada de llorar y de sentirme cansada y desesperanzada de aquella vida. Pero, más allá del agotamiento, sabía en mi interior que todo tenía un sentido, que la vida era mucho más que aquel dolor. No era una niña sumisa, más bien desafiante. Hoy creo que eso me ayudó, pero también me confrontaba con una parte de mí mucho más amorosa y tranquila, a la que tenía que dejar de lado para adaptarme a las circunstancias.
Me preguntaba por qué personas con una esencia buena, bonita, se comportaban de una manera tan dañina. Qué hace que alguien decida seguir copiando y repitiendo patrones destructivos y carentes. O se disocie de toda su experiencia y se centre en lo material. O viva en una nube de apariencia y mentira que ni sus propios hijos podrán sostener después. Qué hace que unos, más que otros, lo somaticen en enfermedades. Que otros trasladen sus carencias afectivas, su rabia, miedo y dolor de etapas tempranas de vida o de las de sus padres o abuelos a su entorno laboral o vincular, o a su forma de dirigir una empresa o un país. Y qué hace, en cambio, que unos pocos decidan levantarse y empezar a deshacer la madeja que lleva años tejiéndose en el seno familiar y social.
Yo me hice cargo de mi historia. He mirado dentro de mí en espirales — según lo que mi cuerpo podía ir sosteniendo, según lo que mi mente podía ir comprendiendo y aceptando. Estudiando, primero desde la metafísica y más tarde desde distintos ámbitos científicos, cómo transformar de la forma más amable, armoniosa y constructiva posible, los traumas de infancia no resueltos — esos que hacen que tantos adultos vivan las vidas vacías que viven, y que sigamos cargando a la infancia con la responsabilidad de sostener tanta negligencia adulta.
Aprendí que vivir en modo víctima no ayuda, nos hace daño y dañamos a quien nos rodea. Aprendí cómo nuestra mente nos puede elevar y, al mismo tiempo, destruir, y que cuando permitimos que el corazón lidere, la mente se expande, se siente segura y puede activar otras funciones acalladas sin esa conexión. Entendí cómo nuestra percepción sensorial puede ser empleada para controlar, desde el miedo, pero también para crear armonía y abundancia, desde la paz interior y la confianza.
Parte del éxito de mi superación fue, desde el inicio de mi vida, aprovechar cada instante bello, aunque solo lo encontrara durante unos minutos: en la naturaleza, en los libros, en el deporte, en la música, en la escritura de poesía, en soñar despierta con algo bonito, y en las risas con amigas. Si todavía estás en el barro, en la confusión, el miedo o el cansancio, espero que mi historia te inspire y te anime a levantarte. Vale la pena — yo lo hice, y muchos otros también. Hoy vivo una vida que, de niña, jamás pude imaginar que fuera posible. He encontrado la belleza y la armonía en transformar crisis vitales en evolución creativa.
En lo profesional, durante años, compatibilicé el liderazgo de equipos como especialista en logística y transporte internacional, con talleres, voluntariados y acompañamientos de bienestar y crecimiento personal en mi tiempo libre. Pero la vida se encargó de hablarme alto para que fuera más coherente con mi historia y con mi propósito, y me involucrara en cuerpo y alma para profundizar, tanto en el acompañamiento como en la investigación, para terminar con el maltrato infantil, con las carencias de los niños heridos que viven en los adultos de hoy. Así que dejé atrás una etapa tranquila, con buenos ingresos asegurados, y aposté por mi emprendimiento. De ahí nació el Método Phi — El poder de Transformar(te), tanto en el trabajo profundo individual de los Programas de Transformación, como en las experiencias grupales personalizadas de One Shot.
Me he convertido, para otras personas y entidades, en la transmisora del método y el acompañamiento que me hubiera gustado tener tanto a nivel personal como profesional. Y eso es también gracias a los grandes maestros que he tenido y sigo teniendo en el camino. No creo que haya una fórmula mágica, pero para mí uno de los ingredientes clave es que la transformación no es una terapia: es un aprendizaje sobre nosotros mismos y sobre nuestro potencial humano.
Hago lo que hago porque sé, por experiencia propia, por práctica en acompañamiento y por formación, que la herencia que sostiene la violencia en la crianza, y en la sociedad en general, se puede transformar, atendiendo tanto a los niños como a su entorno. Porque cada persona que decide hacerse responsable de su historia y de sus efectos no cambia solo su propia vida — contribuye a transformar el mundo en un lugar más humano.