La violencia en todas sus formas es ejercida por seres humanos que un día fueron niños y niñas llenos de vida, curiosidad e ilusión, que necesitaban protección, cuidado, afecto y un entorno seguro en el que crecer y desarrollar su individualidad, su forma única de ser y de aportar a este mundo.
Niños y niñas educados por adultos que también fueron niños. Padres, madres, abuelos y bisabuelos que crecieron con sus propias carencias emocionales, heridas, limitaciones o experiencias difíciles que, en muchos casos, nunca llegaron a comprender ni resolver.
Se trata de una realidad profundamente arraigada en nuestra sociedad, de la que a menudo vemos —o queremos ver— únicamente la punta del iceberg. La humanidad arrastra una herida de violencia transmitida de generación en generación, que puede expresarse de formas aparentemente sutiles, como la normalización de determinadas formas de comunicación, prácticas en la crianza y también de formas mucho más visibles, como las agresiones físicas, la guerra, el abuso de poder o cualquier vulneración de la dignidad humana.
La infancia necesita mucho más que supervivencia física. Necesita buen trato, protección, reconocimiento y vínculos seguros capaces de favorecer un desarrollo saludable. Cuando estas necesidades no son suficientemente atendidas, el impacto emocional no desaparece porque pasen los años. Si a ello se suman experiencias dolorosas posteriores, dentro de una sociedad en la que muchas personas también arrastran sus propias heridas, el resultado suele ser la perpetuación del dolor a nivel individual, familiar y colectivo.
Mirar hacia otro lado frente a estas heridas es profundamente humano. Cuando algo nos ha hecho daño solemos intentar alejarnos de ello. Adaptarnos, seguir adelante y construir una vida. Sin embargo, con frecuencia lo hacemos repitiendo patrones que no llegamos a reconocer o compensando aquello que nunca llegamos a resolver.
Confundimos adaptación con resolución. Porque aquello que no se comprende, no se integra o no se transforma continúa influyendo silenciosamente en nuestras decisiones, nuestra salud, nuestros vínculos, nuestra forma de educar, liderar y participar en la sociedad.
Durante las últimas décadas hemos avanzado enormemente en la comprensión del sufrimiento humano y sus consecuencias. Disponemos de más investigaciones, más libros, y más divulgación que nunca. Todo ello tiene un enorme valor y está contribuyendo a visibilizar realidades que durante generaciones permanecieron ocultas o silenciadas.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre sensibilizarnos con el sufrimiento y asumir la responsabilidad de transformarlo. Como sociedad, seguimos relegando el cuidado, la formación y el crecimiento personal a momentos puntuales de malestar o a situaciones extremas.
Las cifras continúan siendo difíciles de ignorar. Cada año miles de personas se suicidan en España. El consumo de psicofármacos continúa aumentando y nos sitúa entre los países europeos con mayor utilización de ansiolíticos. Las adicciones, la soledad no deseada, el acoso escolar y laboral, la violencia familiar, los abusos sexuales o las bajas laborales derivadas de la somatización del sufrimiento emocional siguen formando parte de nuestra realidad cotidiana.
No pretendo afirmar que todos estos fenómenos tengan una misma causa. Pero tampoco parece razonable ignorar el papel que las experiencias vividas, las heridas emocionales y la falta de educación y responsabilidad emocional pueden desempeñar en muchos de ellos.
La violencia puede expresarse a través de un golpe, pero también mediante la humillación, la invalidación constante, el abandono emocional, la manipulación, el sometimiento, la cosificación, la explotación o cualquier forma de relación que prive al otro de su dignidad, libertad o humanidad.
Incluso puede dirigirse hacia uno mismo. La autodestrucción, las conductas adictivas, la incapacidad para poner límites, la hiperexigencia permanente o el desprecio hacia las propias necesidades pueden entenderse también como expresiones de una violencia interiorizada que, en muchos casos, tiene raíces mucho más profundas de lo que se imagina.
Si reducimos la violencia exclusivamente a sus manifestaciones más visibles, corremos el riesgo de ignorar muchas de las condiciones que contribuyen a generarla y perpetuarla. Y es precisamente en ese espacio invisible donde las heridas tempranas, el sufrimiento no resuelto y la transmisión generacional adquieren una relevancia que rara vez ocupa el lugar que merece en los medios de comunicación y, por tanto, en el interés público.
Por otro lado, creo que para afrontar problemas tan complejos no basta con la denuncia. Necesitamos conciencia, cohesión y acción con sentido. Y aquí aparece una de las causas que, en mi opinión, está dificultando que esa toma de conciencia alcance a un sector más amplio de la sociedad. Cuando una persona dedica gran parte de su vida a gestionar heridas que nunca llegaron a comprenderse o resolverse, una enorme cantidad de energía queda comprometida en la adaptación y la supervivencia. La conciencia, la atención y muchas de nuestras capacidades permanecen parcialmente absorbidas por ese esfuerzo constante de sostener el malestar, protegernos o intentar compensarlo.
Energía que deja de estar disponible para crear, construir, cooperar, educar o desarrollar plenamente nuestro potencial. Es, en cierto modo, el pez que se muerde la cola. Si gran parte de los recursos humanos están destinados a sobrevivir, difícilmente se podría participar de forma activa en la búsqueda de soluciones complejas que afectan a la familia, la comunidad o la sociedad en su conjunto.
Y lo mismo ocurre cuando ampliamos la mirada del individuo a la colectividad. Un país inmerso en conflictos permanentes dedica buena parte de sus recursos a gestionarlos. Recursos que dejan de estar disponibles para investigar, innovar, educar, cuidar o evolucionar.
Mientras el foco permanezca centrado principalmente en las consecuencias, seguiremos dedicando enormes recursos humanos, sanitarios, educativos y económicos a paliar los efectos del sufrimiento, en lugar de abordar con mayor profundidad algunas de las condiciones que contribuyen a perpetuarlo.
Necesitamos romper el estigma que todavía rodea al sufrimiento emocional y a la palabra trauma. Necesitamos favorecer una cultura que valore el autoconocimiento, la responsabilidad y la educación emocional, con la misma naturalidad con la que hablamos de salud física, formación académica o desarrollo profesional.
Quizá una de las mayores oportunidades de nuestro tiempo sea la de utilizar la capacidad de liderazgo e influencia de los medios de comunicación y las personas referentes, para impulsar nuevas formas de comprensión, prevención y transformación. Porque cuando la comunicación, la educación, la salud, la cultura o el deporte avanzan en una misma dirección, tienen el poder de acelerar cambios que ninguna persona puede lograr por sí sola.
Mi reflexión no se limita a una opinión personal. Transformar el dolor en paz y bienestar forma parte del propósito que guía mi trabajo y mi vida.
He experimentado la violencia desde niña en muchas de sus formas y quizá por eso me resulta difícil contemplar el sufrimiento humano como algo ajeno o aislado. Tal vez no podamos cambiar todo lo que ocurrió antes de nosotros, pero sí podemos decidir qué hacemos con ello. Una sociedad más consciente, más humana y, quizá, un poco más en paz consigo misma, pasa necesariamente por comprender y atender aquellas heridas que seguimos sin querer mirar.