Dedico este artículo a todas aquellas personas que todavía no han encontrado la paz en su interior, y a las que están en vías de conseguirlo. No os rindáis. Porque sí se puede.
Las conductas adictivas no siempre adoptan formas socialmente reconocidas como el tabaquismo, el alcoholismo u otras dependencias a sustancias. A veces se esconden detrás de hábitos aparentemente positivos o admirados socialmente: el trabajo constante, el exceso de ejercicio, la obsesión por la alimentación saludable, la hiperproductividad, determinados estilos de vida orientados a la aventura, el riesgo o la búsqueda permanente de estímulos, e incluso algunas formas de espiritualidad utilizadas como vía de evasión emocional.
La diferencia no está únicamente en lo que hacemos, sino desde dónde lo hacemos.
Cuando una conducta deja de ser una elección libre y flexible para convertirse en una necesidad constante de regulación, anestesia o validación, empieza a activarse el mismo mecanismo de alivio y recompensa que observamos en otras conductas compulsivas. El problema no es el deporte, el trabajo, la alimentación o la espiritualidad en sí mismos. El problema aparece cuando son utilizados para evitar sentir, sostener el vacío interno o escapar constantemente de uno mismo.
Durante mucho tiempo, esos hábitos no fueron únicamente placer o costumbre. Fueron regulación. Fueron una forma de aliviar ansiedad, vacío, tensión interna, sobrecarga emocional o sensación de desbordamiento fisiológico.
Además de la activación mantenida de los circuitos de recompensa, estas dinámicas pueden generar consecuencias importantes sobre la salud física, hormonal, emocional y relacional. Y aunque no todas las conductas compulsivas presentan el mismo nivel de gravedad clínica, dependencia fisiológica o riesgo médico —como ocurre en determinadas adicciones severas al alcohol u otras sustancias— muchas comparten mecanismos de fondo relacionados con la búsqueda repetida de alivio frente al malestar emocional.
Esta idea fue desarrollada por Baker, Piper, McCarthy, Majeskie y Fiore en su artículo “Addiction Motivation Reformulated: An Affective Processing Model of Negative Reinforcement” (Psychological Review, 2004). Los autores propusieron que el principal motor de muchas conductas adictivas no es la búsqueda de placer, sino la necesidad de escapar o aliviar estados emocionales desagradables.
George F. Koob y Nora D. Volkow ampliaron esta comprensión en “Neurobiology of Addiction: A Neurocircuitry Analysis” (The Lancet Psychiatry, 2016). Sus investigaciones muestran cómo muchas adicciones evolucionan desde la búsqueda inicial de recompensa hacia la necesidad de aliviar estrés, ansiedad y malestar emocional, generando un ciclo de repetición cada vez más difícil de romper.
Lo que sí parece común a la mayoría de modelos es que cuanto más temprano comenzó la desregulación —especialmente en historias de trauma de infancia, inseguridad afectiva, estrés sostenido o carencias emocionales— más profundamente puede quedar asociado ese mecanismo al funcionamiento del propio organismo.
Por eso, en procesos profundos y bien acompañados, no tiene sentido pedir al cuerpo que suelte demasiado pronto aquello que todavía utiliza para sostenerse. Primero es necesario construir una base interna más sólida: seguridad emocional, conciencia corporal, regulación del sistema nervioso, descanso, límites, sostén vincular y nuevos recursos de presencia.
Dvorak y colaboradores, en sus trabajos sobre regulación emocional y conductas adictivas (“American Journal of Drug and Alcohol Abuse”, 2014), observaron que las dificultades para regular emociones intensas están estrechamente relacionadas con impulsividad, recaída y mantenimiento de conductas compulsivas. No porque la persona no quiera cambiar, sino porque el organismo todavía no dispone de suficientes recursos internos para sostener ese cambio de manera estable.
Aquí la epigenética aporta una comprensión especialmente interesante.
Hoy sabemos que el estrés crónico, determinadas experiencias tempranas y algunas conductas adictivas pueden influir en la expresión de genes relacionados con la respuesta al estrés, la regulación emocional y los sistemas de recompensa. Eric J. Nestler, en “Epigenetic Mechanisms of Drug Addiction” (Neuropharmacology, 2014), describió cómo determinadas experiencias y sustancias pueden consolidar vulnerabilidades neurobiológicas mediante modificaciones epigenéticas relacionadas con aprendizaje, estrés y conducta.
Esto ayuda a comprender por qué algunas personas presentan una mayor vulnerabilidad a desarrollar determinadas formas de compensación o alivio frente al malestar emocional. Sin embargo, la epigenética no habla únicamente de vulnerabilidad. También habla de capacidad de cambio. El entorno, los vínculos, los hábitos y las experiencias correctivas sostenidas pueden influir en la expresión de muchos de estos sistemas biológicos a lo largo de la vida.
En esta misma línea, Marc Lewis planteó una visión complementaria en “The Biology of Desire” (2015), proponiendo que la adicción puede entenderse como un proceso de aprendizaje profundo más que como un defecto permanente del cerebro. Desde esta perspectiva, la recuperación implica reorganización, reaprendizaje y aprovechamiento de la extraordinaria plasticidad del sistema nervioso.
El organismo conserva capacidad de transformación cuando encuentra suficiente seguridad, regulación, vínculo y experiencias nuevas sostenidas en el tiempo.
El momento en el que la persona acepta y se responsabiliza de sus heridas emocionales sin resolver, a la vez que deja de luchar constantemente contra sí misma, empieza, por fin, a sentir que ya no necesita anestesiar, compensar o escapar de aquello que antes no sabía cómo sostener.
En el Método Phi, este proceso no se aborda desde la exigencia ni desde la culpa, sino desde la reorganización integral del sistema: cuerpo, mente, energía, hábitos, vínculos y entorno alineados en una misma dirección.